No silbes de noche

Sinopsis:

Alejandra regresa a su departamento en Buenos Aires después de visitar a su familia en el norte. Pero algo la sigue. O tal vez algo ya estaba ahí, esperándola. Primero es apenas una sensación: el arroz que desaparece del plato, un cigarrillo consumido, el leve murmullo de pasos donde no debería haber nadie. Luego, el temor se instala como la humedad en las paredes.

No silbes de noche es una novela corta de terror que se mueve entre lo urbano y lo ancestral, entre la paranoia y lo sobrenatural. Con una prosa precisa y asfixiante, Gabriel Godano construye una historia inquietante que explora lo que sucede cuando lo desconocido irrumpe en lo cotidiano… y no quiere irse.

Lee el primer capítulo

Es tarde. Siempre es tarde. Los edificios que lo rodean lo ponen nervioso. Está perdido. Siempre está perdido. No tendría que haber hecho el viaje. No tendría que haber seguido al hombre gordo que no cumplió el trato. Tendría que haberse quedado en su lugar, donde todo era suyo y él era parte de ese todo. Donde lo respetaban.

Los corredores ya le son familiares. Los odia. Lo único verde son las plantas que cuelgan de los balcones llenos de rejas de hierro. No es suficiente. Todo está mal, sucio, retorcido. Lo sabe. Él no es de acá, él no es de este tipo de piedra, de este tipo de tierra. No tendría que hablar sólo con las palomas, los perros, los gatos y las ratas.

La energía es lo peor. En sus tierras, en la verdadera tierra, él siente la comunión con las personas, sabe negociar con ellas y ellas con él. Él las siente, él las entiende. Pero ahora todo es malo. La energía es mala. La energía es horrible y se mete en él como veneno, como sangre de un muerto que contamina el arroyo. Así es la energía en él, que no está donde debe.

Se siente incómodo. Roba para vivir, nadie le da nada. Nadie lo respeta. Nadie le da un lugar. Su furia y su odio lo controlan.

Ve a la chica sola. Ve a los hombres que la siguen. Empieza a moverse, en la oscuridad, entre las sombras. Sabe hacerlo. Sean de árboles. Sean de edificios. Sean de personas. Él conoce las sombras. Conoce los caminos entre las sombras. Y los usa. Las personas no conocen esos caminos. No los ven. No viven como él.

Los hombres son tres. La mujer es una. Camina sin hacer ruido. Se acerca al hombre vestido de verde, el que va más atrás. Le escucha el corazón y le lee las intenciones. Pasa por al lado sin ser notado, por los caminos de las sombras. Saca la mano y le roza el hombro. El hombre se detiene, agitado, perdido, se apoya en una pared y se queda ahí, confundido.

El segundo hombre no es tal. Es un jovencito a quien el miedo y la excitación se le mezclan en los latires de su corazón. Le silba cerca del oído y el chico se asusta y se va corriendo.

El tercero es el hombre que guía. Su corazón no está intranquilo. Tiene la mente perturbada. La puede sentir como se puede sentir el principio de un incendio en el monte. Lo sigue de cerca. Con cuidado. Usa las sombras. El hombre está tan fuera del mundo que no se da cuenta de que está solo. Tiene acero con filo en la mano. Tiene el pene duro. La chica se da cuenta de que es seguida demasiado tarde. El hombre la agarra por el codo con fuerza y la tira contra una pared. La chica grita y él, que mira desde las sombras, escucha a las personas que ignoran el grito desde sus casas.

El hombre forcejea con la chica, le mete la mano por debajo de la ropa. Toca y ríe. Le empieza a bajar el pantalón con fuerza, dañándola. No le importa. Nada le importa. Su corazón, su cerebro aturdido solo piensan en una cosa.

Sale de su camino de sombras tan silencioso como la niebla que lo rodea. Agarra al hombre por los hombros. Es un hombre dos veces su altura, pero él se mueve con el aire, con el viento, con la noche. Lo derriba y lo revolea contra la pared contraria a donde está la chica. El pasillo entre edificios es angosto y queda cerca. Todo queda cerca en el laberinto que le toca vivir ahora.

Salta sobre el hombre de corazón envenenado, le agarra la cabeza con ambas manos y la estrella una y otra vez en el suelo. El olor a sangre le llena los pulmones y sus manos se manchan, pero sigue. La mujer no grita con la boca, pero él siente su miedo, siente su confusión. El hombre aturdido y envenenado ya no es hombre. Ya no es. Ahora pasea con la Muerte y no va a volver ni como espíritu.

No suele matar. Pero la energía del lugar lo llena y no puede combatirla cuando se desata.

—Gra… gracias —dice la mujer.

Puede sentir su vacilación, su temor. A él no le importa. Todos los días lo ven por los pasillos en los que merodea, ocupando casas vacías, pero a nadie le importa. Hay seres más terroríficos deambulando todo el tiempo. Mira a la chica y su propio pene se endurece.

—Cigarro —dice. Su voz suena un poco aflautada, poco parecida a su cuerpo encogido y de sombras.

La mujer no le da nada. La agarra de los tobillos y…