

Cuento perteneciente al volumen #3
El último carnívoro
Cien años han pasado. Las guerras, los disturbios y las luchas separatistas son cosas del pasado. Un siglo entero desde que se aprobara la ley mundial, la primera ley mundial de la historia: “Prohibido el consumo de carne de cualquier tipo y el uso de productos de origen animal o que requieran su uso en el proceso productivo”.
Bajo el nuevo Régimen Mundial Vegano el consumo y abuso de animales comenzó a castigarse con cadena perpetua y, en algunos países, hasta con pena de muerte.
Cien años. Generaciones enteras que han vivido sin nunca maltratar a ningún animal, respetando el mundo y comprendiendo el impacto de la humanidad en él. Las Sectas de los Come Carne desaparecieron y, ahora que el estadounidense Maxwell Bellson ha muerto en la prisión de máxima seguridad Guantánamo “V” (atragantado con un carozo de durazno que disfrutaba chupar tras terminar la fruta) solo queda con vida una persona come carne.
Marcelo Pilote, encerrado en la Cárcel de Antiespecistas de Chascomús, es el último carnívoro vivo de la especie humana. Tiene 62 años y no ha sabido adaptarse al cambio cultural. Criado en el seno del grupo “Las vacas son amigas del carbón”, nunca pudo rehabilitarse a la vida en sociedad y fue juzgado por crímenes de lesa animalidad.
Según el partido “No al especismo” el señor Pilote debería ser “puesto a dormir” y transformar la cárcel en un museo por la injusticia pasada, con fotos de mataderos, carnicerías, casas de comida rápida y carteles o plotters utilizados en dichos establecimientos. Según el partido “Crudi Vida” el señor Pilote debe seguir encarcelado hasta su partida natural, bajo los cuidados y estudios correspondientes.
Debido a esa diferencia el señor Pilote suele ser trasladado para dar declaraciones ante comités “pro-vida”. Sus declaraciones son emitidas en cadena mundial, traducidas en simultáneo en todos los idiomas, generando debates y nuevos libros escritos por sociólogos, psicólogos, cocineros o nutricionistas.
Aun varias semanas después de celebrarse el centenario los festejos continúan llevándose a cabo. Ensaladeras comunitarias, enormes bloques de tofu, ollas populares de arroz yamaní con rawmesan, frutas y más frutas, cientos de postres y otras delicias cubren las mesas de las fiestas. Como evento especial organizado por el gobierno se decidió llevar a Marcelo Pilote a la marcha de la vergüenza, un desfile en el que se hacen carrozas que transportan objetos del pasado que causan vergüenza: ordeñadoras automáticas; diferentes tipos de jaulas: de pájaros, de criaderos y de zoológicos; productos de cosmética en los que hacían testeos con animales; maderas utilizadas en verdaderos corrales; trajes y accesorios de toreros; esquiladoras; una carroza cargada de mascarillas con tubos que usaban las tabacaleras generalmente en perros pequeños como los Beagle, para testear la toxicidad de sus productos; y otra con partes de una maquinaria con embudos y tubos que se usaba para separar los pollitos hembra de los macho y que cada cual sufriera distintas atrocidades.
En él, la carroza principal reservada para Pilote, quien va encerrado en una celda de cristal, rodeado por una parrilla en la que un grupo de pollos animatrónicos agitan sus alas desnudas en agonía. La gente lo silba y abuchea, los más extremistas le arrojan estiércol. Pilote no se queja pese al odio de la gente, al menos sale de su celda y puede ver algo del mundo. Un perro, confundiendo un excremento particularmente largo y oscuro con un palo, se lanza tras él. La carroza, aunque va lenta, da un volantazo y vuelca, la celda de cristal cae, se rompe y deja en libertad a Pilote.
El hombre, aturdido y confundido, sale de los restos de su celda ante un público que se debate entre murmurar y pedir a gritos que alguien lo detenga. Como si fuese un portador de la peste, el gentío evita el contacto con el reo liberado quien se pierde de la vista de todos al doblar en una esquina por la que el desfile no pasa. Pronto se da la voz de alarma y se inicia una intensa búsqueda. Agentes especializados de Cuba, Canadá, Venezuela, Dinamarca, Chile, Camerún, Grecia, Polonia y Suiza viajan de urgencia a Argentina para participar en la cacería.
La gente, aterrada, denuncia montones de cosas a las autoridades: que Pilote robó cuchillos, que Pilote intentó matarlos y comerlos… que Pilote fue visto hasta en la base Marambio. Las autoridades desacostumbradas a tratar con situaciones de esta índole están más ocupadas intentando tranquilizar a las personas que buscando al peligroso prófugo. Los más fieles y arduos seguidores de los partidos organizan patrullas ciudadanas de búsqueda intensiva, pero llevan tanto tiempo reuniéndose solo para buscar niños y mascotas perdidas que su única estrategia es ir por la calle gritando: “¡Pilote, acá Pilote!”
La búsqueda se extiende por tres semanas. Las denuncias se multiplican como hojas en el suelo durante el otoño y se abren centros de ayuda psicológica en todo el país para tratar los ataques de pánico. Velas aromáticas, sahumerios y flores de Bach aumentan sus ventas a niveles nunca vistos por la demanda de gente víctima de la ansiedad y otras dolencias.
A la cuarta semana desde que Pilote escapó, finalmente lo encuentran.
Un extraño olor invade las calles del barrio “La huerta” (ex matadero). Un viejo que ese domingo va a comprar sus galletas de harina integral y azúcar mascabo para el mate, lo siente, cae de rodillas con lágrimas en los ojos y grita mirando al cielo. La gente solidaria y no solo curiosa, sale a las calles a ver qué pasa. Algunos reconocen el olor y ven la columna de humo. La policía acude de inmediato. Los agentes, todos jóvenes y fuertes, siguiendo ese curioso aroma y la columna de humo dan con Pilote.
El hombre está sentado en la cabecera de una larga mesa, con tablas de madera, cuchillos, tenedores, vasos descartables, vino, agua, pan (negro integral), grandes ensaladeras a rebosar de lechuga, tomate y cebolla y cuencos con salsa chimichurri reconocida solo por un anciano que estaba allí apoyando a la policía. Detrás del prófugo hay medio tambor de doscientos litros convertido en parrilla. El fatídico humo surge de ahí.
Una mujer da un grito y cae desmayada, no por advertir que los cortes sobre la parrilla no son precisamente del ya en desuso seitán, sino por la impresión de reconocer a su hijo adolescente comiendo en la mesa. Más de veinte niños y jóvenes devoran la carne en sus platos de madera. Todos ellos veganos por costumbre más que por moral o empatía con los animales.
Mientras arrestan a Pilote, que ríe y grita: “¡Hay ensalada, hay ensalada!” algunos de los policías más jóvenes prueban restos de lo que había en los platos. Cuando los más veteranos intentan detenerlos empieza lo que dentro de cien años será conocido por un sector de la sociedad como “El día del deterioro” y por el otro sector como “El día del despertar”. Marcelo Pilote vuelve a huir. Muere a los 97 años de peritonitis, dejando tras de sí un legado de sangre, revueltas sociales y recetas varias a la parrilla.

