

Cumbres escarpadas
Cuento perteneciente al volumen #1
Una mano asomó por el borde del acantilado, tenía los nudillos pelados, con sangre fresca aun en ellos. Luego asomó la otra mano; en tercer lugar, pero mostrando más emoción que las que ganaron, se asomó una cabeza.
Era una mujer de unos cuarenta años que lucía un casco del que se desprendía una larga coleta de pelo negro carbón (aunque más limpio). Sus ojos estaban entrecerrados porque su sonrisa ocupaba casi todo el rostro.
Minutos después un hombre más joven asomó sus manos y su cabeza.
La mujer se había sentado y miraba el extenso paisaje que ofrecía la montaña.
—Te tomaste tu tiempo —le dijo al hombre cuando este logró por fin salir del abismo y entrar en territorio seguro.
—Sí —dijo él, sacándose una inmensa mochila y poniéndose boca arriba cansado.
—Y eso que la que no tiene energía por “comer solo verduritas” soy yo –rió ella —. Cuando dejes de jadear como un perro en celo podemos intentar coronar esta montaña.
—Tal vez tardé más por tener que cargar con todo el equipo —reprochó él.
—Con lo que tuviste que cargar fue con tu conciencia y todas las porquerías que comiste —respondió ella —. Quiero sacar una foto para publicar en el “face”. Le quiero poner: Los veganos conquistamos montañas. Y voy a etiquetar a todos.
—¿Que porquerías? —preguntó él apoyándose sobre sus codos y mirándola —. Comimos lo mismo.
—¡Que decís! Casi gritó ella —mientras revolvía en la mochila para encontrar la cámara —. Le pusiste queso rallado, asesino de terneritas y vacas.
—Mi plato vino así, yo no pedí el queso —se quejó el.
—No escapes a tu responsabilidad. Tendrías que haber pedido que te cambiaran el plato —se levantó y le tendió la cámara —. Sacáme una foto.
Él se levantó y agarró la cámara. Ella se aseguró de tener bien la coleta y se puso la mochila. El hombre sacó tantas fotos como le pidieron. La mujer, tras adoptar varias poses, dijo: “Tengo hambre”.
Él la ayudó a sacarse la mochila y extrajo una manzana, ella la tomó y le dio un sonoro mordisco.
—En un rato nos comemos unas barras de cereal; más tarde, empezamos a preparar la sopa —anuncio ella —. Mañana podemos llegar a la cima, sacar unas fotos y comer lo que nos haya sobrado del desayuno.
—Tuvimos que traer las sopas en polvo, las verduras están todas golpeadas y los elementos de cocina pesan una tonelada.
—¿Esas cosas llenas de químicos? ¡Ni loca! —se enfadó ella —. Sería lo mismo que apoyar el uso de agroquímicos, pesticidas cancerígenos, el abuso de las grandes empresas con los animales… ¿Sabías que a las vacas las tienen todo el día sacándoles leche, las embarazan artificialmente, las drenan y, cuando tienen sus crías se las quitan ahí nomás y se quedan con toda la leche? Al pobre bichito lo mandan al matadero y lo convierten en alimento de congeladores antes de que de su segundo paso.
—Entonces tendríamos que haber traído dos mochilas —respondió el hombre.
Ella se encogió de hombros y tiró el corazón de la manzana por el precipicio.
—Te quejás y te cansas por lo que comés —Sentenció la mujer—. Tu cuerpo rechaza esas porquerías y se agota por procesarlas.
—No como nada de carne, ni tomo nada de lácteos desde hace tres meses… excepto el queso rallado pero se lo saqué casi todo —dijo él, agregando lo último en voz baja.
—Pero usas sal común, no la del Himalaya.
—En el “súper” no tienen.
—Claro, es más importante estar cómodo que sano —bufó ella—. A veces no sé qué veo en vos.
—Hace frío acá arriba —dijo el poniéndose guantes—. Tenemos que ir preparando todo antes de que baje el sol.
Ella sacó un par de barras de cereal sin marca y se sentó a contemplar el paisaje.
—Allá parece haber una cueva natural —señaló él—. Podemos ver si entramos para dormir mejor.
—¿Y si hay animales? —preguntó ella.
—¿A esta altura? Tal vez una cabra —respondió él, encaminándose hacia la cueva al ver que ella empezaba a comerse la segunda barra de cereal sin convidarle.
—¡Da igual qué animal, tarado! —le gritó ella—. No lo pregunto porque me dé miedo, sino porque no tenemos derecho a invadirlos y molestarlos. No podemos meternos en una cueva donde algún animal haya encontrado paz y tranquilidad.
—Esta montaña es muy popular entre escaladores novatos como nosotros —explicó él—. Si hay algún animal ahí, seguro ya está acostumbrado a que personas pasen la noche.
—¡¿Y eso lo hace correcto?! —gritó ella—. El mundo no va a cambiar nunca si justificamos nuestras acciones por lo que hacen o hayan hecho otros.
—Igual no parece una cueva —dijo él—. No natural, al menos.
—Claro, típico —bufó ella —. Una quiere venir para tener una experiencia de unión con la naturaleza y se encuentra con que un boludo ya vino y se puso a taladrar una pieza cagándose en la montaña y en entorno que la rodea.
Los hombros del hombre descendieron como si le hubieran puesto una tonelada encima.
Pensó en decirle que ellos estaban ahí arriba gracias a los seguros que habían clavado en la pared de la montaña. Pero decidió que no, era mejor estar callado. En los meses que llevaban siendo veganos, los humores estaban raros. Además, los clavos se colocaban aprovechando las grietas naturales.
—¿Dormimos acá afuera entonces? —preguntó.
—No. Ya fue —dijo ella—. Pero voy a sacar fotos para el “face” así todos ven lo mal que está la sociedad.
—Dale —dijo él, volviendo a buscar la mochila.
La mujer se colocó entre la cueva y el abismo y sacó una foto. Se acercó hasta la entrada, puso el flash, y tomó otra.
Una bandada de murciélagos se asustó por la luz y salió volando en tropel de la cueva. La mujer empezó a chillar y a retroceder corriendo.
—¡Los tengo en el pelo! —gritó—. ¡Sacámelos, pelotudo!
El hombre corrió hacia ella que en su desesperación había llegado hasta el borde y estaba haciendo equilibrio para no caerse. Él saltó a tiempo para agarrarla cuando ella caía por el abismo.
La atrapó por la muñeca con una mano, mientras con la otra logró aferrarse, a duras penas, de una pequeña saliente.
—¡Agarráte! –gritó con voz quebrada por el esfuerzo.
—¿De qué son tus guantes? —preguntó ella.
—De polar y gamuza—. Respondió él sin pensarlo ni extrañarse por la pregunta.
—¡¿Gamuza?! —gritó ella asqueada y comenzó a agitarse.
—¡Pará tarada! —gritó él.
—¡Sorete hijo de putaaaaaaaaaaa! —se escuchó en volumen descendente el grito de odio.
El hombre se levantó desesperado y se quedó mirando el precipicio.
—Tal vez sí era una cueva natural y era mejor no invadirla —dijo.

